Violencia sexual: comprender el impacto sin responsabilizar a quien la vive

Hablar de violencia sexual no es sencillo. No sólo por la gravedad de los hechos, sino porque alrededor de estas experiencias suelen aparecer silencios, dudas, prejuicios y preguntas que con demasiada frecuencia terminan dirigidas hacia la persona que sufrió la agresión:

“¿Cómo no se dio cuenta de lo que podía pasar?”

“¿Por qué no pidió ayuda antes?”

“¿Por qué no se defendió?”

“¿Por qué se vistió de esa forma?”

“¿Por qué había bebido?”

“¿Por qué siguió teniendo contacto con esa persona?”

Estas preguntas pueden parecer intentos por entender qué ocurrió, pero muchas veces cambian el foco de la conducta de quien ejerció la violencia hacia la conducta de quien la recibió. Entender esa diferencia es importante, porque incluso cuando se intenta ayudar, determinadas formas de preguntar pueden contribuir a una experiencia de revictimización.

La responsabilidad de una agresión sexual corresponde a quien la ejerce.

Comprender las circunstancias en las que ocurrió un evento puede ser necesario para quien lo vivió, como parte de su propio proceso para entender e integrar lo sucedido. Lo problemático aparece cuando esas mismas circunstancias se utilizan para explicar por qué ocurrió la agresión o para trasladar, aunque sea parcialmente, la responsabilidad hacia quien la sufrió.

En pleno siglo XXI, y a pesar de los esfuerzos de distintos colectivos, organizaciones e instituciones, todavía persiste la idea de que una agresión sexual sólo puede entenderse como tal cuando hay violencia física evidente, lesiones visibles o una resistencia activa. La realidad puede ser mucho más compleja.

La violencia sexual también puede ocurrir cuando una persona es presionada, coaccionada, intimidada o no se encuentra en condiciones de consentir libremente. El miedo, una relación de poder, la edad, un estado alterado de conciencia o determinadas circunstancias pueden limitar la capacidad de decidir o responder con libertad.

Por ello, la ausencia de lesiones físicas no permite concluir que existió consentimiento ni disminuye, por sí misma, la relevancia de una experiencia sexual no consentida.

Comprender las respuestas sin culpabilizar

Tampoco existe una única manera “correcta” de reaccionar. Después de una experiencia de violencia sexual pueden aparecer miedo, culpa, vergüenza, enojo, tristeza, dificultades para dormir, recuerdos intrusivos o cambios en la forma de relacionarse con otras personas. Sin embargo, otras personas pueden continuar funcionando aparentemente con normalidad durante mucho tiempo, evitar hablar sobre lo sucedido o incluso tardar meses o años en ponerle un nombre a la experiencia.

Ninguna de estas respuestas permite determinar por sí sola la gravedad de lo ocurrido. Tampoco todas las personas que han atravesado una agresión sexual desarrollarán necesariamente un trastorno psicológico. Hablar de posibles consecuencias no significa asumir que el daño será inevitable, permanente o idéntico para todos. Por eso es importante evitar generalizaciones y comprender cada experiencia dentro de la historia, circunstancias y necesidades particulares de la persona.

Cuando he atendido a personas que narran una experiencia de este tipo, una respuesta que aparece con frecuencia es la búsqueda insistente de una explicación. La mente intenta reconstruir lo ocurrido:

Estas preguntas pueden funcionar como un intento de recuperar cierta sensación de control. Si consigo encontrar qué hice “mal”, quizá pueda convencerme de que algo semejante nunca volverá a suceder.

El problema aparece cuando esa reconstrucción termina transformándose en autoculpabilización. Una persona puede revisar decisiones, circunstancias o señales que hoy interpreta de manera diferente sin que eso transfiera la responsabilidad de la agresión.

Y no me cansaré de enfatizarlo: nada justifica la conducta de quien ejerció la violencia. Las circunstancias en las que se encontraba quien la sufrió pueden ayudar a comprender el contexto, pero no convierten en justificable una conducta que vulnera su libertad y dignidad.

Otra idea todavía muy presente es que una agresión sexual suele ocurrir a manos de una persona desconocida. Sin embargo, cuando existe una relación previa —pareja, familiar, amistad, compañero de trabajo, conocido o figura de autoridad— la experiencia puede volverse especialmente confusa.

Pueden coexistir el afecto y el miedo, la confianza previa y la sensación de traición, la necesidad de alejarse y el temor a romper vínculos familiares o generar consecuencias difíciles de anticipar. También puede aparecer preocupación por no ser creído o por lo que pueda ocurrir después de hablar.

Esto ayuda a comprender por qué algunas personas no denuncian inmediatamente, continúan teniendo contacto con quien ejerció la violencia o tardan en identificar su experiencia como una agresión. La complejidad de la relación previa y de lo que ocurre después puede hacer que la persona dude de su propia interpretación o tarde en identificar y nombrar lo sucedido como una experiencia no consentida.

Esa confusión posterior no modifica lo que ocurrió en el momento del evento.

Escuchar sin convertirnos en investigadores

Además de comprender por qué una persona puede tardar en nombrar lo ocurrido, también importa la manera en que respondemos cuando decide contarlo.

Cuando alguien revela una experiencia de violencia sexual conviene evitar indagar de manera insistente para conocer todos los detalles. Esto no significa que no pueda hacerse ninguna pregunta, sino diferenciar entre preguntar para comprender qué necesita la persona y hacerlo para comprobar coherencia, reconstruir los hechos o satisfacer nuestra propia necesidad de explicación.

Preguntas insistentes, juicios apresurados o exigencias de coherencia pueden aumentar la sensación de exposición, vergüenza o desconfianza. En cambio, puede ser más útil crear un espacio de escucha en el que la persona conserve la posibilidad de decidir qué desea compartir.

Esto conserva algo fundamental: la autonomía.

Después de una experiencia en la que el control personal pudo haber sido vulnerado, acompañar no debería significar volver a quitarle a la persona la posibilidad de decidir.

Las decisiones que tome posteriormente pueden depender de muchos factores: su contexto, su seguridad, los recursos disponibles, su red de apoyo, sus preferencias y sus condiciones personales. Algunas personas decidirán tomar distancia; otras buscarán apoyo en familiares o amigos; algunas valorarán iniciar un proceso legal y otras quizá no estén preparadas para hacerlo en ese momento.

Por ello, más que presionar hacia una respuesta determinada —confrontar, denunciar, cortar contacto o actuar de una manera específica— puede ser más útil explorar qué opciones considera la persona posibles y seguras dentro de sus circunstancias.

Acompañar no significa decidir por la persona. Y validar una experiencia tampoco significa asegurar que conocemos todos los detalles de una situación que no presenciamos.

Validar significa tomar en serio aquello que la persona está expresando, reconocer su experiencia emocional y responder con cuidado. No significa convertirnos en investigadores ni asumir funciones que corresponden a otros contextos profesionales.

Cuando puede ser necesario buscar atención

El acompañamiento emocional es una parte. En determinadas circunstancias también puede existir una dimensión médica o psicológica que conviene considerar.

Si la experiencia ocurrió recientemente o existen lesiones, riesgo físico o alguna otra preocupación relacionada con la salud, puede ser conveniente valorar la posibilidad de recibir atención médica. La necesidad, el momento y las acciones posteriores dependerán de cada situación concreta.

En el ámbito psicológico tampoco existe una única intervención necesaria para todas las personas que han atravesado violencia sexual. Algunas pueden necesitar apoyo inmediato; otras buscarán ayuda tiempo después. Algunas podrán requerir atención psicológica especializada si presentan dificultades persistentes relacionadas con ansiedad, miedo, culpa, tristeza, evitación, recuerdos intrusivos, relaciones interpersonales u otras áreas de funcionamiento.

La psicoterapia puede formar parte de ese proceso cuando existe una necesidad clínica y cuando la persona desea participar en él. Su objetivo no debería reducirse a “borrar” lo ocurrido ni obligar a la persona a narrar repetidamente aquello para lo que todavía no se encuentra preparada.

Dependiendo del caso, un proceso psicológico puede ayudar a comprender lo ocurrido, disminuir la autoculpabilización, trabajar respuestas de evitación, recuperar sensación de agencia, revisar creencias desarrolladas después de la experiencia o reconstruir áreas de la vida que se hayan visto afectadas.

El tipo de intervención, su momento y sus objetivos necesitan adaptarse a cada persona y sus circunstancias.

Persona caminando por un espacio cotidiano iluminado por luz natural

También existe una diferencia importante entre reconocer el impacto de una experiencia y convertir esa experiencia en la explicación completa de una persona.

Alguien puede haber vivido violencia sexual y continuar teniendo relaciones, proyectos, capacidades, decisiones, errores, logros, valores, contradicciones, formas de amar y maneras particulares de comprender el mundo.

Reconocer el daño no significa asumir que la persona quedó definida de manera permanente por lo ocurrido. Tampoco exige apresurarse hacia una narrativa obligatoria de “superación”.

Cada persona construirá una relación distinta con lo vivido.

Para algunas será importante hablar. Para otras, tomar distancia. Algunas buscarán grupos de apoyo, acompañamiento profesional o un proceso legal. Otras necesitarán primero recuperar espacios cotidianos que habían dejado de sentirse propios.

No existe un único camino correcto.

Para concluir

La violencia sexual puede generar consecuencias importantes, pero no existe una única manera de experimentarlas ni un único camino después de haberlas vivido.

Comprender esto permite evitar dos extremos igualmente problemáticos: minimizar lo ocurrido o asumir que una experiencia difícil condenará necesariamente a una persona a vivir definida por ella.

La respuesta de quien ha vivido una agresión puede ser compleja, contradictoria y profundamente influida por su historia y por el contexto en el que ocurrió.

Escuchar sin juzgar, evitar preguntas culpabilizantes, respetar su autonomía y reconocer que cada persona puede necesitar tiempos y apoyos distintos suele ser mucho más útil que imponerle la manera en que creemos que debería sentirse o actuar.

Si existe una situación de riesgo actual, lesiones o una necesidad urgente de atención, puede ser importante buscar apoyo en los servicios de emergencia o de salud disponibles en la localidad.

Pedir ayuda puede tomar distintas formas y no todas las personas están preparadas para hacerlo del mismo modo ni en el mismo momento.

Referencias

Organización Mundial de la Salud. Health care for women subjected to intimate partner violence or sexual violence: A clinical handbook.

Organización Mundial de la Salud. Caring for women subjected to violence: A WHO curriculum for training health-care providers.

Secretaría de Salud. NOM-046-SSA2-2005. Violencia familiar, sexual y contra las mujeres. Criterios para la prevención y atención.

Centro Nacional de Equidad de Género, Salud Sexual y Reproductiva. Materiales sobre atención especializada en violencia de género y sexual.

Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones. Línea de la Vida.

Este artículo tiene fines informativos y de divulgación psicológica. No sustituye una valoración médica, psicológica o jurídica individual.

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